Salen mujeres hablando en la tele. Todas han escrito un libro, las admiro. Un hombre las entrevista. Es un hombre amable, las escucha y les pregunta con atención e interés, (al menos eso parece).
Algunas son guapas, unas más jóvenes y otras un poco más mayores. Alguna es extranjera. Las miro, examino su maquillaje, sus dientes, como van vestidas, su pelo. Algunas fueron a la peluquería, otras no, y pareciera que eso no les importa, son verdaderamente listas.
Ninguna es risueña. Me choca.
Ni la más joven ni la más vieja ni la mejor peinada ni a la que se le está cayendo un poco el pelo.
Me choca y me choca que me choque.
¿Por qué? Es que el entrevistador es amable, y las está escuchando ¡Podrían sonreír un poco más! ¡Qué les cuesta…!
¿La amabilidad es una imposición? ¿Qué pasa si no eres súper amable, pero eres correcta, escuchas, respondes, hablas de lo que sabes y no buscas la sonrisa del otro, el beneplácito del otro, la comprensión del otro? ¡Qué valentía! Rollo Braveheart a pecho descubierto.
¿Y si el otro se enfada? Porque quiere que estés bien peinada, sin manchas en la cara, sonriente con los dientes bien alineados y más sonriente y dispuesta a aplaudir sus chistes y entender sus enfados…
¿Y si me voy?
Y si sólo estoy enfadada por mi y un, dos, tres por mí y por todas mis amigas y mi madre y mis hermanas y mis sobrinas y mis abuelas y mis tías y mis bisabuelas y mis pacientes y por las mujeres que veo en la tele.
No sé, tengo dudas ahora con la amabilidad…

