Columna

Pan, circo y pulsera

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Claudia Álamo

Me llamarán nostálgica o vintage, pero hubo un tiempo en el que ir a un festival de música era casi una expedición y sus preparativos, un auténtico ritual. La emoción de la espera, el sacrificio del ahorro, el tiempo dedicado a organizar el plan… También el decadente romanticismo que existía en la idea de vivir unos días entre tiendas de campaña, polvo, baños portátiles y escenarios. Hoy la situación es bastante distinta y la oferta, infinita. Casi no da tiempo a desear la siguiente experiencia y ni siquiera nos detuvimos a recordar y contar la anterior. Un storie de veinticuatro horas será la huella. Así que volvamos a teclear, mirar el calendario y elegir qué otro fin de semana queremos pasar haciendo cola para entrar, haciendo cola para comer y haciendo cola para regresar a casa. Sin contar la cola virtual para comprar la entrada.

La industria musical atraviesa un momento extraordinario. En 2025 generó en España más de 1.900 millones de euros y la música en vivo fue su principal motor económico, con más de 807 millones de euros de facturación. Ya no se trata solo de cultura o entretenimiento; es también turismo, hostelería, transporte, empleo, patrocinio, promoción territorial…

Y aquí aparece una expresión que, aunque pertenece a siglos atrás, parece haber encontrado una segunda juventud: pan y circo, que decían los romanos.

No porque los festivales sean el circo. Ni porque quienes trabajan en ellos estén convirtiendo la cultura en una farsa. Sería injusto y, sobre todo, demasiado fácil ese juicio. Detrás de cada escenario hay todo un tejido: quien hace la propia música, quienes llevan la parte técnica, la producción, la promoción, el montaje, transporte, diseño, y cientos de profesionales que hacen posible que durante unas horas todo parezca sencillo, sea disfrutable y seguro. Precisamente por respeto a esta red, merece la pena el análisis.

España ha acogido con entusiasmo el fenómeno de los festivales. Se habla de más de 800 al año y de decenas de millones de asistentes. En 2026, además, el número de conciertos y festivales celebrados entre junio y agosto ha aumentado un 46,7% respecto al mismo periodo del año anterior (según un estudio de Data Appeal-Mabrian difundido por Cadena SER). Los números impresionan y, precisamente por eso, deberían invitarnos a pensar.

"El cartel importa, naturalmente. Pero importa también todo lo que rodea al cartel. Y eso tiene algo tanto de maravilloso, como de inquietante"

Porque cuando una industria crece tanto, la pregunta ya no es solamente cuánto dinero genera, sino qué modelo de crecimiento está construyendo: económico, cultural e incluso educativo.

Ya no se vende únicamente música: el festival es una experiencia. Se vende un lugar, una estética, una fotografía, una pulsera, una zona VIP, marcas de bebida y la posibilidad de contar en redes sociales que estuvimos allí. El cartel importa, naturalmente. Pero importa también todo lo que rodea al cartel. Y eso tiene algo tanto de maravilloso, como de inquietante.

Lo maravilloso es evidente. La música en directo genera actividad económica, empleo y oportunidades para artistas que quizá no tendrían otro espacio para encontrarse con su público. Los festivales pueden convertirse en escaparates para nuevos talentos, impulsar carreras y generar comunidad. Hay proyectos que han sabido construir una identidad propia y apostar por artistas emergentes y/o locales, en lugar de limitarse a comprar nombres reconocibles. Otro debate que podemos plantearnos más adelante sería qué escenarios, horarios y cachés les damos a esos y esas artistas, hasta cuándo serán presentados como artistas locales o emergentes y hasta cuando parecerá que se les está haciendo un hueco, un favor por incluirlos en escena.

Lo inquietante aparece cuando todos quieren hacer lo mismo. Un ayuntamiento quiere su festival porque el municipio vecino tiene uno. Una empresa quiere patrocinarlo porque su competidor lo hace. Una isla quiere atraer visitantes porque otra lo consigue. Un recinto necesita un gran cartel porque el público lo exige. Mientras tanto, recibimos spams cada semana con nuevas invitaciones a vivir el verano de nuestra vida. Y el invierno, el otoño y la primavera.

"El peligro podría estar en que hemos convertido el festival en una especie de Avecrem"

Obviamente, el problema de la burbuja no es que haya demasiada música. El peligro podría estar en que hemos convertido el festival en una especie de Avecrem. Cuando una fórmula funciona, el mercado tiene la costumbre de multiplicarla, haciendo que el caldo de tu abuela y el de la mía sepan igual. Canarias conoce bien esa lógica.

Las islas tienen talento y razones de sobra para apostar por la música en directo. La cultura puede contribuir a diversificar la economía, generar empleo y atraer visitantes. Los datos de la Industria Musical Canaria son significativos. Según un estudio de Corporación 5 para AIMCA, los 53 eventos musicales impulsados por las empresas asociadas durante 2025 supondrían una producción económica cercana a los 65 millones de euros y 842 empleos.

No parece precisamente un circo sin consecuencias económicas. Las administraciones públicas también consideran los festivales una pieza de la política cultural. En 2025, el Gobierno de Canarias destinó 1,3 millones de euros a festivales y proyectos culturales de gran formato, además de otras partidas para iniciativas de menor y mediano tamaño.

"Y si cada territorio necesita su propio gran evento para competir en el mercado, podemos terminar en una paradoja: más festivales, pero no necesariamente más diversidad cultural"

Y aquí aparece una de las cuestiones más interesantes. Si uno de los principales argumentos para celebrar un festival es, por ejemplo, que llenará habitaciones, quizá debamos preguntarnos qué lugar ocupa la cultura en la fórmula de la pastilla. Si la programación depende exclusivamente de quién puede vender más entradas, corremos el riesgo de terminar escuchando siempre a los mismos grupos y cantantes. Si la financiación pública se justifica únicamente por el retorno económico, la cultura corre el peligro de tener que presentar una hoja de Excel cada vez que quiera defender su existencia. Y si cada territorio necesita su propio gran evento para competir en el mercado, podemos terminar en una paradoja: más festivales, pero no necesariamente más diversidad cultural.

También existe una cuestión especialmente delicada en Canarias. Un festival no sucede en el vacío. Necesita espacio, infraestructuras, desplazamientos, energía, agua, residuos, seguridad. En un territorio limitado, en el que los costes logísticos y las condiciones de espacio son evidentes, crecer indefinidamente no puede ser el único horizonte.

Tampoco deberíamos olvidar a quienes sostienen físicamente este negocio. El auge de los festivales ha aumentado la actividad, pero buena parte del trabajo continúa siendo temporal y concentrado en los meses de verano. Quienes se dedican al montaje, por ejemplo, afrontan jornadas exigentes y condiciones especialmente duras durante estos meses.

Por eso la expresión pan y circo debe utilizarse con cuidado. No para despreciar a quienes organizan festivales ni para presentar al público como una masa manipulable que solamente quiere bailar mientras el mundo se desmorona. La cultura popular también cumple una función social: reunirse, bailar, cantar, descubrir nueva música y compartir una experiencia colectiva no es una frivolidad. En ocasiones es, precisamente, una de las pocas formas de comunidad que nos quedan.

El problema no es el circo o el Avecrem. El problema sería creer que son suficientes y que lleguen a convertirse en un producto más dentro de una economía de experiencias cada vez más ansiosa y acelerada. La gastronomía, el deporte, las fiestas populares, el patrimonio, los eclipses… La solución, evidentemente, no consiste en apagar los escenarios. Consiste en hacernos mejores preguntas antes de encenderlos.

"Probablemente deberíamos dejar de medir el éxito de un festival únicamente por el número de asistentes. Porque llenar un recinto es relativamente fácil si se tiene suficiente dinero para comprar un cartel"

¿Qué aporta este festival, que no aporte otro? ¿Qué parte del dinero generado permanece y beneficia realmente a la población? ¿Qué espacio tienen los y las artistas locales? ¿Cómo son las condiciones laborales? ¿Cuál es el impacto ambiental? ¿Tiene un aporte cultural? ¿Y quién es realmente el destinatario del evento? ¿Qué papel debería desempeñar la administración? Probablemente deberíamos dejar de medir el éxito de un festival únicamente por el número de asistentes. Porque llenar un recinto es relativamente fácil si se tiene suficiente dinero para comprar un cartel. Mucho más difícil es lograr que, cuando se desmonten las vallas y se apaguen las luces, quede algo más que un montón de vasos en el suelo y miles de stories en Instagram.

Dos mil años después seguimos necesitando pan, desde luego. Y nadie debería sentirse culpable por querer un poco de circo. Y, si puede ser, también algo de silencio cuando termine el último bis.

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