Columna

No habemus Papa… en El Hierro

Indira Carballo Columnista
Indira Carballo Columnista

Indira Carballo

La visita del Papa a Canarias será histórica. Por primera vez un pontífice pisará el archipiélago, dentro de su viaje a España previsto entre el 6 y el 12 de junio. Aunque no hay fecha concreta para su paso por las islas, si hay un mensaje claro: poner el foco en la migración, la dignidad y la acogida. Un gesto necesario. Un reconocimiento esperado. Pero también, tal y como está planteado, una oportunidad incompleta.

Porque no se trata solo de venir. Se trata de mirar bien.

“Siguiendo el deseo expresado en su momento por el Papa Francisco, León XIV centrará parte de su estancia en conocer de primera mano el impacto de la ruta migratoria”. Esa es la intención. Pero hay una contradicción evidente: no se puede conocer de primera mano el impacto de la ruta migratoria sin conocer la isla que más migrantes recibe.

Ayer, una imagen lo resumió todo. Una periodista le entregaba al Papa un trozo de madera de un cayuco llegado a El Hierro. Un gesto sencillo, pero profundamente simbólico. No era solo madera: era mar, era ruta, era peligro, era vida y era muerte. Era, en definitiva, El Hierro.

Un fragmento de lo que aquí se vive cada día intentando viajar hasta donde, de momento, la mirada no llega.

El recorrido previsto vuelve a centrarse en Tenerife y Gran Canaria, las islas visibles, las accesibles, las que siempre están. Y, una vez más, El Hierro (la isla que hoy simboliza como pocas la frontera sur de Europa) queda fuera del mapa.

Y eso no es un detalle. Es el problema.

Hablar de migración en Canarias sin pisar El Hierro es construir un relato a medias. Porque aquí no hablamos de teoría, ni de cifras lejanas. Hablamos de una realidad que desbordó todos los límites en 2023, cuando más de 14.000 personas llegaron a una isla con apenas 11.000 habitantes en pocos meses. Hablamos de 2024, cuando la presión no solo continuó, sino que consolidó a El Hierro como uno de los principales puntos de entrada de la ruta atlántica.

Hablamos de hechos que deberían haber cambiado el foco para siempre.

Como la llegada del cayuco más grande de esta ruta: 320 personas hacinadas en una sola embarcación alcanzando una isla pequeña, sin infraestructuras suficientes, obligada a responder en tiempo real a una emergencia constante. O como la existencia del único CATE de España donde pueden entrar voluntarios externos, como los de Corazón Naranja, que han estado allí cuando no había cámaras, cuando no había visitas, cuando solo quedaba atender.

Eso también es frontera y eso también es dignidad.

Seguro que no fue la intención de la periodista, pero el gesto de esa madera entregada al Papa es, en el fondo, un intento de acercar esa realidad. De decirle: esto es lo que pasa. Esto es lo que no estás viendo del todo. Esto es lo que falta en el relato.

Porque mientras se preparan discursos y agendas institucionales, en El Hierro la migración no se programa: llega. Sin pausa. Sin titulares sostenidos. Sin presencia política al mismo nivel que la presión que se ha vivido.

Y, aun así, la respuesta ha sido la de siempre: humanidad, solidaridad, humildad.

Por eso, los agradecimientos saben a poco cuando no van acompañados de algo más. Porque agradecer sin mirar es una forma sutil de seguir ignorando. Porque reconocer sin pisar es quedarse en la superficie.

La visita del Papa puede marcar un antes y un después. Puede servir para colocar a Canarias en el centro del debate europeo sobre migración, pero ese centro no estará completo si deja fuera a quien sostiene, día tras día, la primera línea.

El Hierro no pide protagonismo, pide coherencia.

Que si se habla de frontera, se venga a la frontera.

Que si se habla de dignidad, se mire donde esa dignidad se pone a prueba.

Que si se habla de Canarias, se tenga en cuenta a todas.

Porque no se puede ser la puerta de entrada de Europa… y seguir siendo, al mismo tiempo, la puerta olvidada.

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